Columna publicada en el Diario la Nación, el 25 de febrero de 2025
La alocución presidencial del
pasado domingo generó muchas críticas sobre lo que debe ser este espacio
televisivo otorgado mediante Ley. Prácticamente, se desdibujó o se ha perdido
el sentido de lo que se debe comunicar por parte del gobierno. Se ha llegado a
pasar el límite del abuso del espacio y ya no es de tanto interés, por lo
improvisado, su simbología, de todo se habla, pero no soluciones, se no
concreta o comunica decisiones sobre asuntos prioritarios, entre otros
aspectos. Ya no se cumplen las expectativas ante el anuncio que una alocución.
No se respetan los tiempos de emisión. se sabe que inició, pero no cuando
termina. Es más, un espacio de campaña política o continuidad de esta. Reclamos
y mas reclamos al pasado. O más bien, lo malo de lo ocurrido en la historia. En
esta ocasión hasta de física cuántica habló, pero hasta los físicos no
entendieron lo que quiso decir. Tenemos que desempolvar la sentencia C-1172 de
2001, Magistrado Ponente, Alfredo Beltrán Sierra, Expediente D-3544 en la que
la sala plena de la Corte Constitucional resolvió la demanda del artículo 32 de
la Ley 182 de 1995 sobre el acceso del Gobierno Nacional a los canales de
televisión. En particular, en cuanto a que: “…el presidente de la República
podrá utilizar, para dirigirse al país, los servicios de televisión, en cualquier
momento y sin ninguna limitación…”. Lo que se demandó allí, era que el
presidente no podía utilizar en cualquier momento y sin ninguna limitación los
canales de televisión. En toda la disertación realizada por los participantes y
en la definición de la situación jurídica planteada, el alto tribunal encontró
exequible que lo podía hacer en cualquier tiempo, por un lado. Pero, que no lo
podía hacer sin ninguna limitación. Al contrario, manifestó que la intervención
del presidente de la República a través de la televisión bebía ser personal,
sobre asuntos de interés público, directamente relacionados con sus funciones
sin que pueda incurrirse en ninguna arbitrariedad, pues, la dignidad del cargo
le impone como al que más, el respeto de los derechos y libertades de sus
gobernados. Pero aquí ya no se sabe. No abuso por favor.

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