Columna publicada en el Diario la Nación, el 11 de febrero de 2026
Nunca antes
en mi vida, había valorado tanto el derecho y el deber que tengo, junto a mi familia
sobre el ejercicio del voto en las próximas elecciones, tanto de congreso como
para presidente, dentro de esta democracia, así sea imperfecta, que aún
tenemos. En otras palabras, es y será un voto de opinión, con toda la
responsabilidad como ciudadano. Aquí traigo a colación, dos textos que me han
marcado en mis estudios doctorales sobre izquierdas y derechas. El primero de
ellos, “No tengo miedo, no lo tengáis vosotros” del político ruso Alexéi
Navalni, fallecido en el 2024, el cual reúne un conjunto de reflexiones, por no
decir, sus más profundas convicciones expresadas en público y en privado,
escritas mientras estaba preso en las cárceles siberianas de Putin y que se
fundamentaron en favor de la libertad, la verdad y la belleza futura de Rusia
en un caminar guiado por su conciencia libre, contra el miedo y el odio
materializados en los regímenes totalitarios. El centro de su reflexión giró en
este cuestionamiento: ¿contra qué luchó el señor?. Y el mismo se contestó:
“contra la mentira, la hipocresía, la esclavitud, la injusticia y la usurpación
del poder por parte de delincuentes”. Este autor, encarnó la tenaz resistencia
al sistema autoritario de Putin. Su pensamiento, estuvo atravesado por el
coraje y la adversidad, al poner de relieve la represión política en Rusia.
Logró inspirar, para muchos, la esperanza en un futuro democrático. Nada fácil.
Como no relacionarlo con Cuba, Venezuela, Nicaragua, entre otros tantos
regímenes no democráticos como debiera ser. El segundo libro, “El poder de los
sin poder”, que constituye una de las obras más importantes de Václav Havel
(1936-2011), convertido en una especie de manifiesto de la disidencia en Checoslovaquia,
Polonia y otros países de corte comunista hacia un verdadero grito de libertad,
también, enmarcado en una reflexión sobre la necesidad del hombre de vivir en
la verdad, de seguir la llamada de su conciencia y alzar su voz contra la
mentira, de la que el propio poder totalitario era prisionero. Lo manifestó así
el autor: “una palabra verdadera, incluso, pronunciada por un solo hombre, es
más poderosa, en ciertas circunstancias, que todo un ejército. La palabra
ilumina, despierta, libera. La palabra también tiene un poder. Es ése el poder
de los intelectuales”. Dos textos que, sí los contrastamos, o los ponemos a
dialogar y los contextualizamos a nuestra realidad, nos ayudaría en este
letargo, que muchos padecen o padecemos por ideologías o fundamentalismos de x
o y. Es por esto, que no me he desgastado en opiniones inocuas del común, como
tampoco de los candidatos. Voto, por mi deber y derecho democrático. Ya no
tengo miedo y vivo en verdad.

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