Columna publicada en el Diario la Nación el 10 de junio de 2026
Ahora que
estamos en modo elecciones, al parecer, en el máximo esplendor de la
polarización del país por los dos extremos de los candidatos presidenciales, es
cuando más reflexión crítica debemos tener. Máximo, cuando tenemos un
presidente que no se sabe si es jefe de debate de una de las campañas, o actúa
en cuerpo ajeno para que su modelo de gobernar continúe.
Es oportuno en esa reflexión, lo planteado por Moisés Naím (2016), cuando hizo referencia a la necrofilia ideológica. Entendida esta, como el amor ciego a las ideas muertas. Cuando éstas han demostrado fracasar pero que logran persistir y ser acogidas por las personas esperando obtener resultados distintos de la mano de los líderes mesiánicos, populistas y demagogos que predican ideas que, sabiendo que no funcionan, las profesan prometiendo un paraíso terrenal. Algo así como la paz total. O, Colombia, potencia de la vida.
En los mismos términos, pero más directa, Cayetana Álvarez de Toledo, miembro del congreso de los diputados de España, quién recientemente manifestó que deberíamos evitar la necrofilia ideológica frente a ideas fracasadas que promueve la izquierda. Esto al preguntársele, sobre la forma como se deben enfrentar los retos que tenemos contra el populismo y el autoritarismo, y el sentido perverso, de invocar la defensa de la soberanía interna.
Pero, ¿porqué de este recorderis?. Sencillamente, porque el presidente Petro, ha toma una posición, tal vez no antes vista en los recientes años de vida republicana, de no reconocer los resultados electorales, de tratar de implantar una posible narrativa de fraude electoral, del discurso en Córdoba; que nos hace sentir o evocar aquello de la necrofilia ideológica que defiende. De paso, recordar lo planteado por Mario Vargas Llosa, cuando escribió sobre la dictadura perfecta en una aparente democracia, pero que en realidad es una dictadura. O, desde otro ángulo, cuando Octavio Paz, acuñó el concepto del Ogro Filantrópico. Es decir, uno observa al presidente con una actitud, como si esto le perteneciera en su calidad de salvador terrenal. Como si quisiera quedarse o instalarse a la brava en o desde la presidencia. Como si el resto de la población, fuera de sus votantes, no le importara o fuera el mal mayor.
De ahí, la importancia y lección que le han dado los colombianos en las pasadas elecciones. Por cierto, no imaginadas. Se han dado cuenta de esa narrativa encarnada con tintes ideológicos y de populismo. También, se han levantado, revelado, reclamado y reivindicado en su autonomía, libertad y soberanía como lo expresara Cayetana Álvarez. Y, han privilegiado los problemas cruciales que agobian al país, como el narcotráfico, crecimiento de grupos armados ilegales, intentos de desconocimiento al equilibrio de poderes, corrupción, entre otros.
No puede ser
uno ciego, sordo y mudo, con esos otros más de 10 millones de personas que
votaron por otra opción. Uno los ve y siente dueños de su propio destino, en
cuanto que no quieren una izquierda autoritaria, populista o que pretenda socavar
los pilares de la democracia o que termine destruyendo las instituciones que la
han sostenido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario